Menos Lluvia, menos sombra, más gente

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De enero a abril es la temporada de lluvias en Guayaquil, ciudad portuaria de la costa de Ecuador. Pero el año pasado, dice Sara Noemí Viteri Moreno, persona miembro de la Iglesia Jesús el Buen Pastor (menonita) de Guayaquil, apenas llovió. 

Sara Noemi Viteri Moreno es ingeniera medioambiental y ayuda a dirigir el programa juvenil de su iglesia. 

“Ha dejado de llover como antes”, ella dice, “y eso hace que haga más calor”. Sospecha que estas tendencias están relacionadas con algo más: la disminución de la cubierta arbórea en la ciudad. 

“Cerca de la iglesia había unos árboles muy antiguos”, dice Sara Noemi Viteri Moreno. Pero hace unos cinco años, el ayuntamiento los removió.  

Desde entonces, hay menos sombra y el aumento del calor es notable, dice Sara Noemi Viteri Moreno. No son sólo esos árboles. Por toda la ciudad se han talado árboles a medida que aumenta la población. “Esos árboles traían la lluvia a esta zona”, dice ella. 

Con más de tres millones de habitantes, Guayaquil es la ciudad más grande de Ecuador, y está en constante crecimiento. Muchas de las personas recién llegadas son ecuatorianas procedentes de zonas rurales, pero la ciudad también ha ido recibiendo un número creciente de personas refugiadas de fuera del país, principalmente de Venezuela. 

Desde el 2015, Ecuador ha recibido a más de 500,000 personas refugiadas que huyen de la agitación política, la violencia, la pobreza y, la inseguridad económica y social en Venezuela. En Guayaquil, muchas acaban viviendo junto a los ríos, bajo los puentes y en parques.  

La Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) , describe el cambio climático como un multiplicador de amenazas. Empeora las presiones sociales, económicas y medioambientales, provocando agitación social y posiblemente incluso conflictos violentos”. 

La inmigración de personas refugiadas de Venezuela hace que destinos como Guayaquil estén cada vez más abarrotados. La gente tala los bosques y construye cerca de los ríos. Esto provoca problemas como derrumbes de tierra e inundaciones, dice Sara Noemi Viteri Moreno. 

En la iglesia, “no somos muy conscientes de lo que está pasando”. 

Sin embargo, se está apoyando a las personas refugiadas venezolanas. A lo largo de los años, el edificio de la iglesia ha servido de hogar temporal a familias en busca de trabajo y vivienda. Los feligreses han proporcionado a las personas recién llegadas colchones para dormir, alimentos para comer y ropa para vestir. 

“La migración significa que hay más gente en un mismo lugar”, dice Sara Noemí Viteri Moreno. “Ya no hay lugares donde establecerse”. 

“Esto forma parte del cambio climático. Es uno de los problemas por los que podemos empezar”. 

—Sierra Ross Richer es miembro de la ‘Waterford Mennonite Church’, Goshen, Indiana, EE.UU. Es pasante en la ‘Anabaptist Climate Collaborative’. Historia de la ‘Lent Climate Pollinator Series: Global Anabaptist Stories on Climate Change’ de la ‘ACC’ (por sus siglas en inglés) se reimprime con autorización. 

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Los miembros del Grupo de Trabajo sobre el Cuidado de la Creación del CMM de cada región organizarán una hora de narraciones, preguntas y respuestas. Los miembros de la iglesia de todo el mundo compartirán cómo les afecta el cambio climático y cómo responderán con acción resiliente y esperanza evangélica.  

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